Capítulo XIII:
Nace Santa Claus
La víspera de Navidad, al año siguiente a la muerte de Nicolás, fue muy triste para todos los aldeanos. Ellos, como una muestra de su afecto, lo habían enterrado en la arboleda de pinos, cerca del lugar donde solía jugar con los niños en el pasado. Kathy sacó a los ocho renos de sus establos detrás de la cabaña y los llevó a su gran casa sobre la colina. Y cuando pasaron los meses, muchas madres recogieron alguna muñeca del suelo y, con ternura, limpiaron su cara mientras repentinas lágrimas nublaban sus ojos al recordar el generoso corazón que con tanto amor hizo esos juguetes. De a poco, hasta en la mente del más pequeño se hizo realidad el que Nicolás había muerto, y que no llenaría más sus medias en Navidad. Lloraron un poco, pero gradualmente la imagen del gordo y alegre anciano se desvaneció de sus recuerdos, y así pasó el año hasta que, de nuevo, ya era Navidad.
"Mamá, ¿vamos a colgar nuestras medias?"
"No, mi amor. ¿Has olvidado que Nicolás ya no está con nosotros y no puede venir a llenar tus medias?"
Este diálogo se repitió, de manera muy similar, en casi todas las casas de la aldea durante esas vísperas de Navidad.
Por todo el pueblo, los niños fueron tristemente a dormir, sin colgar sus medias, a excepción de uno. Esteban, quien se resistía a creer que Nicolás no fuera a venir. Y asombró a sus padres cuando fue, tranquilamente, a colgar sus medias, de la misma manera que lo venía haciendo cada Navidad desde que podía recordar.
"Pero Esteban… él está muerto", le dijo su madre. "No va a venir".
"¡Por supuesto que vendrá", le respondió muy convencido el niño. "Debemos mantener el fuego encendido para él".
De modo que esa noche todas las puertas estaban cerradas y las chimeneas apagadas, a excepción de la casa de Esteban, donde una solitaria media colgaba junto a un alegre fuego.
Justo después de medianoche, Holly despertó. "Me pareció oír sonar campanas y las pisadas de los renos", dijo adormilada. "Debe haber sido un sueño", agregó, y se acomodó para seguir durmiendo.
Esa mañana de Navidad amaneció brillante y claro, con una manta de nieve cubriendo el silencioso pueblo. Pero la tranquilidad se rompió con el ruido de una puerta que se abrió de golpe. "¡El vino! ", chilló Esteban. "¡El vino, miren mi media! Está llena, tal como la Navidad pasada y hay un gran trineo nuevo junto a nuestra chimenea. ¡Lo sabía! ¡Miren todos, despierten, despierten: Nicolás vino!"
Y entonces hombres, mujeres y niños salieron de sus camas para ver qué era todo ese ruido, y los niños se encontraron con los montones de juguetes más grandes que habían visto: estaban alrededor de las chimeneas, sobre mesas y sillas, y junto a sus camas. El pueblo entero abrió sus puertas y corrió hacia las calles, los niños arrastrando sus nuevos trineos cargados con los más hermosos juguetes que la aldea nunca hubiera visto.
"¿Vieron esto? Miren mi bote".
"El debe haber bajado por la chimenea cuando encontró la puerta cerrada. Había algo de hollín en el suelo".
"¿No es maravilloso? ¡Es la Navidad más feliz que hemos tenido!".
El pequeño Esteban encontró un abeto en un macetero, decorado con más regalos, frutas y velas, de la misma manera que los niños gitanos encontraron sus obsequios tantos años atrás.
"Sí, y Esteban dice que tiene una enorme y brillante estrella en la punta".
"Eso pasó porque Esteban creyó en él", dijeron, avergonzados de sí mismos, "pero ahora nosotros también creemos".
Y una anciana, que veía sus caras felices, dijo con su voz cascada: "Nicolás es un santo, eso es lo que es".
"¡Sí, él es San Nicolás ahora!". Todos tomaron la frase, y el pueblo entero se unió en el grito que decía "¡San Nicolás, San Nicolás! ".
Y un pequeñito trató de sumar su balbuceante voz a los gritos del pueblo, diciendo "Santa Claus, Santa Claus".
"¿Cómo pudimos olvidar a San Nicolás? Pero ahora sabemos que el siempre nos visitará, mientras quede un niño en la aldea".
"¿En la aldea?", corrigió el pequeño Esteban; "¡Querrán decir en todo el mundo!", gritó triunfal.