CAPÍTULO III:

La carrera del trineo

En la cabaña del hacedor de sogas, la mayoría de las tardes de invierno los niños las pasaban aprendiendo a enrollar y desenredar montones de cuerda, y a hacer las reparaciones más simples de red. Nicolás descubrió que aflojando hebras de cáñamo colorido rubio, podía hacer mas realista el cabello de las muñecas de madera, que él todavía encontró tiempo para tallar. Cuando se fue, al final de un año, los cinco niños pequeños del hacedor de sogas encontraron cinco juguetes esperándolos sobre la cubierta de su chimenea. Nicolás no olvidó su promesa a los tres niños Bavran, hizo un viaje especial a su casa en aquella mañana de Navidad con sus regalos.

A medida que los años fueron pasando, Nicolás se volvió más y más hábil con el cuchillo de bolsillo de su padre, y todos los niños esperaban uno de sus juguetes de Navidad. Jamás se decepcionaron, porque el joven tallador de madera siempre supo exactamente lo que le gustaría a cada uno.

Faltaba solamente una semana para Navidad cuando Nicolás, ahora de catorce años, llegó al patio de la escuela a encontrar a todos sus amigos en un grupo charlando con entusiasmo.

"¿Qué pasa?" inquirió.

"Va a haber una carrera de trineos en la mañana de Navidad" dijo Otto. "Empezará en la puerta del terrateniente en la cima de la colina, y terminará en el gran pino del lado lejano de su casa"

"Y el premio", interrumpió Juan, "es un gran trineo nuevo con patines de metal. ¿Participarás, verdad? No es malo ese trineo que tienes, aún cuando tú ...."

"Silencio, Juan", susurró otro. "No es agradable recordar a Nicolás que él construyó su propio trineo, sólo porque nuestros padres nos hayan hecho los nuestros".

Pero Nicolás no estaba escuchando la conversación. Estaba pensando rápidamente; al fin se volvió hacia los otros y preguntó:

"¿A qué hora empieza la carrera?

"A las nueve en punto de la mañana la mañana de Navidad", fue la respuesta.

Nicolás sacudió su cabeza, dudoso. "No sé si pueda hacerlo", dijo lentamente. Estaba pensando en la cómoda llena de juguetes que había planeado entregar a todos los niños la mañana de Navidad, especialmente el de Elsa, la hija del leñador, que vivía fuera de la aldea. "Quizás si me levanto muy temprano y me apuro realmente," se dijo Nicolás; entonces se dio cuenta de que la carrera pasaría justo por la cabaña de la niña: podría dejar la muñeca en pocos segundos, permitiéndole continuar sin perder tiempo en absoluto.

"¡Estaré ahí, estaré ahí! ¡En punto de las nueve de la mañana, y más vale que tengan cuidado con ese premio!" gritó lleno de regocijo.

La mañana de Navidad estaba brillante y soleada, con fría nieve fresca; Nicolás se había levantado antes de que el sol saliera, y como de costumbre, dejó los juguetes en todas las entradas de las puertas. Cuando los niños se colocaron con sus trineos para la carrera, la aldea entera esperaba atrás para ver con emoción. Pero no había señas de Nicolás. Desafortunadamente, uno de los patines de madera de su trineo se había roto ante el esfuerzo de llevar la pesada carga de juguetes. Cuando intentaba desesperadamente atarlo con una soga, escuchó el débil eco de la trompeta del terrateniente desde de la cima de la colina: la carrera había empezado. Nicolás estaba muy decepcionado, porque sabía que había perdido la oportunidad de ganar el nuevo trineo; pero como de todos modos tenía que ir a la cabaña del leñador para entregar el regalo de Elsa, volteó el golpeado trineo, lo enderezó y salió corriendo para la cima de la montaña. Cuando alcanzó la línea de arranque, Nicolás vio a sus amigos acelerando; parecían pequeñas manchas negras en la distancia.

"Vamos, Nicolás", llamaron los aldeanos, "vamos a darte un buen empujón. Uno, dos, tres, fuera".

Nicolás voló colina abajo, el aire aguijoneaba su cara, iba más y más rápido, los patines de madera casi no tocaban la nieve. Las manchas negras se fueron haciendo más grandes y Nicolás supo que debía estar alcanzando a los otros niños. Se volvieron más y más grandes, hasta que, del asombro, Nicolás casi se cae de su trineo: ellos se habían detenido y estaban esperando, justo enfrente de la cabaña del leñador.

"Apúrate, Nicolás", lo animó el pequeño José. "Te habríamos esperado en la cima, pero el terrateniente se impacientó y nos hizo arrancar cuando sonó la trompeta. Sabes que te habríamos esperado si pudiéramos".

"Sí", gritó Otto, "ahora ve y deja esa muñeca en la entrada de la puerta de Elsa, y vámonos! ¡De ahora en adelante verás cuánto te esperaremos! Primero ve, sal por el trineo nuevo con patines de metal".

Con un ruidoso estruendo, veinte muchachos salieron y la carrera continuó sobre el arroyo congelado, a través de las marcas donde tuvieron que llevar sus trineos, zigzagueando entre los árboles y después la larga cuesta a la colina detrás de la casa del terrateniente. Nicolás sólo pudo ver un muchacho enfrente de él, justo cuando vio el gran pino. Su mente estaba en lo mucho que necesitaba ese trineo nuevo para las entregas de Navidad. Y voló adelante tan rápido, que por un momento pensó que pasaría derecho a través del árbol, partiéndolo en dos. Pero justo a tiempo, dirigió su trineo a un lado y saltó. Cuando jaló su sombrero de lana, pudo escuchar los gritos y vivas de los aldeanos: ¡había ganado la carrera! Fue como un sueño hecho realidad.

Todos los muchachos llevaron a Nicolás a casa en su nuevo trineo, y cada madre y padre que pasaba, saludaba y sonreía orgullosamente, tan feliz como si su propio hijo hubiera ganado la carrera.

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