CAPÍTULO VII:
Los renos
La siguiente víspera de Navidad no fue tan fácil para Nicolás hacer sus rondas en la aldea. Para empezar, estaba muy divertido pero bastante consternado al descubrir que, en lugar de una bolsa bordada por cada casa, los niños habían seguido el ejemplo del pequeño Federico y cada uno había puesto una media de lana; como algunas familias tenían cinco o seis niños, frecuentemente había una hilera de medias clavadas en la puerta. Por supuesto, Nicolás no podía poner solo un juguete en cada media, pues se verían planas y vacías; y, como no había surtido su trineo con suficientes juguetes para que tuviera varios para cada niño, se encontró con un trineo vacío y ¡sólo la mitad de su lista hecha!
"Afortunadamente, tengo una provisión extra de juguetes en casa en la cómoda", dijo a su caballo Lufka cuando regresaron a la cabaña por más. Nicolás rápidamente cargó su trineo, y salió otra vez para terminar la ronda; pero cuando faltaban pocas casas para terminar la visita, el cansado caballo comenzó a temblar. "Vamos, viejo muchacho", lo alentó Nicolás, pero Lufka se había vuelto demasiado viejo para pasar toda la noche batallando alrededor de la aldea, y esta noche en particular había hecho dos viajes. Cuando se dirigió a un profundo banco de nieve, Lufka tropezó y el trineo se deslizó dentro de una zanja; crujió uno de los patines. Nicolás bajó, y después de asegurarse de que su caballo estaba bien, sacudió la cabeza al ver el trineo descompuesto.
Así que tuvo que terminar sus rondas a pie esa Navidad, y los primeros rayos rosas aparecieron iluminando el cielo cuando él y Lufka regresaron a la cabaña. Nicolás, gordo y sonrosado, respirando pesadamente, mientras el pobre de Lufka arrastraba sus cansados huesos directo a la puerta del establo.
Durante muchos días posteriores a aquella desastrosa víspera de Navidad, los aldeanos escucharon sonidos de aserruchar y martillar viniendo del cobertizo de madera de Nicolás. Ellos se preguntaban qué estaba construyendo, y cuando alguno le preguntaba qué era, él decía bromeando: "sólo espera y verás". Pero los aldeanos pronto olvidaron su curiosidad cuando interesantes noticias se extendieron por la aldea.
"¿Qué es esto que he oído acerca del terrateniente, Otto?", preguntó Nicolás a su viejo amigo.
"Ah", dijo Otto, exhalando el aire de su pipa. "Dicen que las cosas no han ido bien para él en los últimos años, así que ahora va a vender algo de su tierra y muebles para pagar a la gente a la que le debe dinero. La venta es mañana; ¿por qué no vienes con nosotros, Nicolás?".
"¿Qué querría comprar yo del terrateniente? No necesito más tierra y puedo hacer muebles tan buenos como cualquiera que tenga en su casa; en realidad, he hecho algunos de ellos".
"¿Y qué hay acerca de los animales?, preguntó Otto; "él tiene dos caballos finos y un equipo de renos".
"Es cierto", dijo Nicolás, finalmente bastante interesado como para detener su trabajo. "Lufka está demasiado viejo para serme de gran utilidad ahora. Creo que iré contigo hasta allá mañana y veré algo de emoción".
La mañana siguiente, la casa del terrateniente y sus alrededores se atestaron de gente. Algunos habían venido para comprar, mientras que otros sólo para mirar o hacer ruido. Nicolás pasó por los caballos derecho al establo donde se guardaban los renos. "Va tras Donner y Blitzen", murmuraban los hombres unos a otros; "siempre ha admirado la velocidad que llevan"
El terrateniente, ahora un doblado hombre viejo con mirada de preocupación, parecía un tanto perplejo por toda la gente que estaba hablando acerca de su casa y posesiones. Cuando Nicolás mostró su interés en los dos renos, él replicó severamente: "bien, no puede comprar a Donner y a Blitzen solamente, porque el grupo de renos va completo o no hay nada. Donner se enfurecería si fuera separada del resto de su familia".
"¡Familia!", exclamó Nicolás. "Pero señor, yo solo necesito dos renos. ¿Cuántos más .....?"
Al fin Nicolás flaqueó y se fue orgulloso de poseer no dos, sino ocho graciosos renos: Donner y Blitzen, la madre y el padre con sus seis hijos: Dasher y Dancer, Comet y Cupid, Prancer y Vixen.
Este año, Nicolás planeaba una Nochebuena más grande y mejor que nunca, y trabajó día y noche para terminar los juguetes. Al fin, la gran noche llegó. Nicolás terminó atando los ocho renos entre sí con un arnés brillante con tintineantes campanas de plata. Lentamente, los llevó hasta la puerta de madera del cobertizo, la que abrió orgullosamente, mostrando la vista más hermosa: ahí estaba un brillante y lustroso trineo rojo, decorado con franjas plateadas; los patines curvados hacia arriba para formar la cabeza de un cisne, y la parte de atrás lo bastante espaciosa como para llevar suficientes juguetes para niños de varias aldeas. Nicolás guió a los renos por el hueco y subió hasta el alto asiento, bellamente acojinado con almohadones hechos de suave piel de cierva. Sacó de su funda un largo y brillante látigo negro, que hizo crujir en el aire frío, y salieron.
Esa noche, los aldeanos despertaron de sus sueños con un alegre tintineo de campanas de plata, la huella de pezuñas de renos en la dura nieve y el agudo crujido de un látigo; miraron a hurtadillas detrás de las cortinas y vieron, gracias a la blanca luz de la luna, un brillante trineo rojo jalado por ocho graciosos renos, cuyas pezuñas se movían tan rápido como ligero. Sentado en lo alto del asiento, chasqueando el látigo con una mano y guiando los renos con la otra, estaba un gran hombre redondo, vestido con una ceñida túnica roja decorada con blanca piel, amplios pantalones metidos dentro de sus altas botas negras y cubierto con una gorra cerrada, la cual volaba al viento. Por supuesto, ellos no estaban tan cerca como para ver su cara pero todos, cuando retornaban a sus tibias camas, murmuraban bondadosamente: "ése es Nicolás, de camino hacia los niños. Dios lo bendiga".