CAPÍTULO II:

Los primeros juguetes de Navidad

¿Quién cuidaría al pequeño Nicolás, ahora que estaba totalmente solo en el mundo? Los pescadores y sus esposas tuvieron una reunión para discutir su triste situación. "Nosotros cuidaríamos de él, por supuesto" dijo uno; "pero ya no es fácil con cinco bocas que alimentar, y él es un muchacho en crecimiento".

"Ahora es la mitad del invierno, y los buenos días de pesca son pocos y lejanos entre sí", dijo otro. "Con suerte, sólo rasguñaremos algunos hasta la primavera".

Entonces la amable y regordeta Sra. Bavran habló: "Nosotros tenemos una reserva de comida para este invierno, y hay una cama vieja en nuestro almacén, así que nosotros podríamos cuidar al pobre chiquillo. Pero piensen la vida de un pescador nunca es fácil", agregó. "¿Quién sabe que podría pasar durante este año y el próximo? Creo que todos nosotros deberíamos compartir a Nicolás. Somos diez aquí ahora, así que si cada uno de nosotros está de acuerdo en tenerlo un año, cuidaremos de él hasta que tenga quince años, y sin duda él huirá al mar antes de eso".

Todos estuvieron de acuerdo, así que Nicolás se fue a vivir con la familia Bavran, mudándose la víspera de Navidad: el día anterior a la fiesta. La excitación de los niños solamente lo hizo sentir más miserable, y se enroscó en una esquina del almacén; con el corazón destrozado, sollozó por la pérdida de su madre, de su padre y de la amada Kathy. Trató de ahogar los sonidos de la algarabía en la cabaña; pero la puerta se abrió lentamente, y se vio una pequeña forma en el rayo de luz.

"¿Qué quieres?", preguntó Nicolás, casi bruscamente. "Vete, quiero estar solo".

Parado en la entrada de la puerta, la boca del pequeño niño tembló. "Se rompió mi bote", lloró. "El nuevo que me dieron por Navidad. Papá ha salido a pescar y mamá no puede repararlo. ¿Qué debo hacer?", preguntó estrechando un bote de pescar de juguete roto. Nicolás secó los ojos con sus mangas y tomó el juguete roto en sus manos.

"Lo repararé", le dijo mientras regresaba a su solitaria esquina.

"Oh, ven aquí donde hay más luz", dijo el joven Bavran.

Así que Nicolás entró donde había más luz, más niños y más risas, y por un rato olvidó sus penas.

Pasaron los meses, y Nicolás creció muy encariñado con los niños Bavran: Otto, Margarita y Graciela. Amaba jugar con ellos, pero sabía que no podía durar para siempre; cuando se estaba aproximando otra vez el día de Navidad, y la familia Bavran habló a Nicolás de dejarlos, se sintió muy confundido y atemorizado; sin embargo, sus principales pensamientos eran acerca de cómo podía pagarles por su amabilidad. Nicolás deseó darles a todos un regalo, pero las únicas cosas que poseía en el mundo eran la ropa que vestía, un abrigo y pantalones extras, un viejo cofre marino y un cuchillo de bolsillo que había pertenecido a su padre; no podía partir sin nada de esto. Repentinamente, una maravillosa idea vino a su cabeza: tallaría algunos juguetes para los niños, tal como lo había hecho para su pequeña hermana Kathy.

Así que las últimas dos semanas de su estancia con la familia Bavran, Nicolás trabajó secretamente en el oscuro almacén, escondiendo su cuchillo y madera cada vez que escuchaba a alguien aproximándose. Se esforzó intensamente durante los últimos días para que todos los regalos pudieran estar terminados para la mañana de Navidad, porque era en esa fecha cuando los Bavran lo habían llevado a su casa el invierno pasado, y ahora había llegado la hora de que él debía pasar a otra familia.

Los niños lloraron silenciosamente mientras Nicolás empacaba sus escasas pertenencias, y el señor Bavran esperó para llevarlo a la casa de Juan, el que hacía sogas. El pequeño huérfano sacó de su bolsa los toscos juguetes que había hecho y, viendo el placer de los niños con sus regalos, se sintió tan feliz que él mismo tuvo ganas de llorar. Una maravillosa sensación se expandió en su corazón cuando vio sus caras felices y sus lágrimas de agradecimiento.

"La próxima Navidad podré hacerles juguetes aún mejores" dijo Nicolás, con un aire de determinación en su voz. "¡Sólo esperen y verán!"

Con esta promesa Nicolás, ahora de seis años, los dejó valientemente, su pequeña figura alejó de la feliz escena para encarar la incertidumbre del siguiente año con la nueva familia. Su cara estaba triste, pero sus brillantes ojos azules todavía estaban cálidos por el pensamiento de la alegría que había dejado atrás.

"Bien", pensó para sí mismo cuando se aproximaban a la casa del hacedor de sogas, "quizá los cinco niños de aquí sean tan buenos conmigo como los Bavrans, y yo pueda hacer juguetes para ellos también. Navidad puede ser una época feliz para mí aún cuando sea mi día de mudanza".

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