CAPÍTULO V:
La primera media de Navidad
Nicolás no dejó al tallador de madera en aquel día de Navidad, ni al año siguiente, ni al que siguió después, sino que continuó aprendiendo a ser tan bueno como su viejo maestro. Marsden se dio cuenta de esto y, como se estaba volviendo demasiado viejo para pasar todo el día tallando, decidió retirarse y vivir con su hermana en la aldea cercana. Estaba muy orgulloso de Nicolás, y sabía que podría comportarse, y así fue como fue conocido como "Nicolás, el buen tallador de madera".
La aldea había crecido tanto que el artesano no conocía a todos los niños de la aldea como antes, y la única forma en que le podían distinguir si una casa tenía niños era colgando en la puerta una bolsa la víspera de Navidad. Con este incremento de niños, su pequeño trineo ya no podía llevar los numerosos juguetes, y tenía que usar el caballo del viejo Marsden y el trineo para sus largas rondas de ahora.
Se había vuelto costumbre de los niños dejar en sus puertas una bolsa brillantemente decorada llena de avena, y cuando el caballo la hubiera comido, Nicolás llenaría la bolsa con los juguetes que había hecho.
Pero la vida de Nicolás no era toda trabajo. Un día se enderezó de su banco de tallar y vio algunos niños peleando con bolas de nieve en la nieve fresca; se estaban divirtiendo tanto, que no pudo resistir la tentación de unírseles. Uno de los niños, a quien Nicolás nunca había visto antes, estaba parado, mirando tímidamente.
"Aquí", dijo Nicolás entregándole una gran bola de nieve, "intenta con una de este tamaño. Por allá Justino parece un buen blanco".
"¡Oh, no!, tengo que juntar algo de leña y regresar a casa rápidamente," dijo el pequeño muchacho, mientras se alejaba empujando su trineo vacío.
"¿Quien es el nuevo compañero?", inquirió Nicolás a los muchachos, cuando el chico estuvo lejos de escuchar.
"Ese es Federico. Se acaba de mudar a la aldea; su padre tuvo un accidente en el mar que lo paralizó y ahora tiene que estar en cama todo el día. La familia es realmente pobre, así que Federico y su pequeño hermano Guillermo no tienen tiempo para jugar, porque siempre están ayudando a su madre".
Más tarde, cuando Federico empujaba su trineo con leña a casa, sólo tenía una cosa en mente: había escuchado tanto acerca de Nicolás y de cómo dejaba juguetes en las puertas que tenían bolsas colgando… Faltaban pocos días para Navidad y podía imaginar la cara de su hermanito si tuviera un juguete nuevo esa mañana, pero ¿cómo podría arreglárselas para que Nicolás supiera que había un pequeño en la casa? Buscó en todos lados una bolsa, sin éxito.
La víspera de Navidad trató de compartir con su madre el problema.
"Mamá", empezó suavemente; "mamá, ¿crees que tengamos una bolsa en casa?"
"¡Una bolsa!, ¿Qué clase de bolsa, Federico?", preguntó asombrada.
"Bien, en realidad debería ser bordada, pero creo que serviría cualquier clase de bolsa. Tenemos que colgarla afuera de la puerta la víspera de Navidad, y cuando Guillermo se despierte mañana habrá un hermoso juguete para él. Nicolás, el tallador de madera, lo hace para todos los niños de la aldea y pensé que si solo hubiera alguna clase de bolsa por aquí..."
Su mamá suspiró. "Cosas como harina y papas vienen en bolsas, y nosotros no las hemos visto en años. Dios sabe que con todas mis otras preocupaciones no tengo tiempo para tejer una bolsa, o siquiera hacer una. De cualquier manera, estoy segura que este personaje, Nicolás, no vendría a niños pobres como ustedes. Ahora ve, y alista a Guillermo para dormir; puede que se te quiten esas ideas tontas de tu mente".
Así que Federico, tristemente, fue obligado a abandonar la idea de poner una bolsa afuera de la puerta para el regalo de Navidad de su hermanito, pero él no podía olvidarse de Nicolás. Pensó que se veía un hombre tan amable y alegre ahí afuera en el campo; estaba seguro de que no dejaría de pasar a la casa de un niño sólo porque fuera pobre. Pensaba y pensaba, mientras estaba sentado junto al fuego ayudando a su hermanito a desvestirse. Le quitó su tibia y brillante media de lana; mientras Guillermo la sostenía, dijo bromeando: "ahora eso sostendría cualquier regalo tan bien como cualquier bolsa bordada". "¿Y por qué no?" murmuró para sí mismo. "¿por qué no, en verdad? Y de un salto abrió la puerta de golpe y pronto tenía colgada la media en la puerta.
Una vez más, esta víspera de Navidad todo en la aldea estaba blanqueado por la nieve, centelleando bajo la brillante luna de invierno. Ninguna luz se veía en la aldea y todos estaban dormidos.... excepto Nicolás, por supuesto, quien estaba ocupado yendo de casa en casa dejando bolsas repletas de regalos. Pero en la puerta de Federico hizo una pausa: en la brillante luz de la luna vio un divertido objeto colgando en la puerta: ¡una media de lana de niño! Nicolás rió silenciosamente para sí, con una risa tierna; entonces buscó su bolsa y llenó la solitaria media pequeña hasta el tope, y entonces, con un chasquido de su látigo y el tintineo de las campanas del trineo, se fue a la siguiente casa de su ronda.
Cuando Federico abrió la puerta en la mañana de Navidad, él y su hermanito encontraron no uno, ni dos, sino tres juguetes para cada uno, y justo en el pie de la media encontró cinco grandes monedas, suficientes para mantener a la familia durante todo el invierno. Los muchachos gritaron con alegría mientras su padre casi se sentaba en la cama con el entusiasmo. Los ojos de su madre, aunque siempre brillaban, se llenaron con lágrimas de alegría mientras veía a Federico y a su hermano estrechando junto a su corazón la primera media de Navidad.