CAPÍTULO VI:
El traje rojo
El terrateniente Kenson, el hombre más rico de la aldea, vino un día manejando hasta la cabaña de Nicolás con una orden para una cómoda nueva. A Nicolás le atrajo el sonido de campanas de plata y los cascos de reno en la nieve; se asomó por la ventana y quedó muy impresionado por la forma que el señor había llegado en su brillante trineo rojo, tirado por dos hermosos renos: Donner y Blitzen eran sus nombres, porque viajaban tan rápidamente como el trueno y el relámpago. Nicolás vio los dos hermosos animales y pensó cuánto más rápido lo jalarían alrededor de la aldea la víspera de Navidad que su viejo caballo Lufka, quien se estaba volviendo más y más lento con el paso de los años.
Todo el tiempo que el señor estuvo hablando, el tallador de madera estuvo mirando con admiración el fino traje rojo de piel de venado que vestía. El abrigo era muy largo y con cinturón, los pantalones anchos y metidos dentro de brillantes mallas de piel negra. Tenía suave piel blanca de armiño alrededor del cuello del abrigo, puños y orilla, con la misma hermosa piel alrededor del ajustado sombrero. Después de que el señor se había ido, Nicolás continuó con su trabajo, pero su mente estaba en el bello traje rojo.
"No hay razón para que no pueda tener uno también", se dijo. "He vestido como un huérfano en lugar de como un buen tallador de madera por mucho tiempo"
Por ello, al día siguiente Nicolás pidió una cita a la viuda Arpen, la mejor modista de la aldea.
"Quiero un fino traje rojo, señora Arpen", empezó. "¿Conoce el que usa el terrateniente Kenson?".
La mujer asintió.
"Bien, desafortunadamente no puedo pagar tan suave y fina piel de venado, y por supuesto sé que no puedo tener el mío decorado con armiño real, así que, ¿qué me sugiere?"
La viuda pensó por un momento, y entonces dijo: "Podemos conseguir un rollo de hilo fuerte de la tejedora, el que podría teñir de rojo vivo con tinte de moras. Para el cuello y orilla, auténtica piel de conejo blanco luciría perfecta".
"¡Hecho!", dijo Nicolás, y soltó un puñado de monedas de oro sobre la mesa. "Eso deberá cubrir los materiales y su trabajo"
"Pero eso es demasiado", exclamó la viuda, "Porque con la mitad de esto mantendría a toda mi familia durante el invierno".
"Consérvelo, mujer", sonrió Nicolás. "Usted ha tenido tiempos difíciles, y yo no seré el hombre que muera con una cómoda llena de oro enterrado bajo la chimenea".
La viuda se paró en su puerta, y miró a Nicolás alejarse a través de la nieve. "Ahora hay un hombre bueno", murmuró. Las monedas de oro tintineaban entre sus dedos; "un magnífico hombre". Así, ella compró el hilo, que tiñó de hermoso rojo brillante, pero algo extraño pasó: ella no tenía un patrón a seguir, puesto que Nicolás vestía la única túnica que poseía, así que la viuda cortó y cosió el traje solamente con la imagen de un hombre bondadoso en su mente. Nicolás no era un hombre bajo de estatura, más bien alto y delgado, pero la señora Arpen cortó y cosió el traje de un hombre generoso, así que lo hizo más ajustado a su corazón que a su cuerpo.
El día que el traje estuvo terminado, y la última puntada fue dada en el adorno de la suave piel de conejo, Nicolás llegó para probárselo. Entró al pequeño probador de la viuda y salió unos minutos mas tarde… ¡y qué imagen dio!
"No me puedo, ver señora Arpen", dijo Nicolás, dudoso, "porque el pequeño espejo de su cuarto sólo muestra una parte de mí, pero parece estar más bien suelto", expresó con mucho tacto, tratando de no herir sus sentimientos.
La viuda lo miró e irrumpió en llanto. "Oh, Nicolás, he estropeado tu traje. Lo he arruinado, pensé que eras más grande. Oh, ¿qué puedo hacer?".
"Ya, ya, no se preocupe por esto. Visto de lejos, está muy bien. Es sólo que no estoy tan gordo como debería; porque si comiera toda la comida que me envían los aldeanos, le garantizo que en pocos meses no lo notaría. Los pantalones quedarán bien tan pronto como compre un par de botas para meterlos, y ¡qué hermosa gorra es esta! Vea que bien me queda y que cálida es la banda de piel".
Así, Nicolás conservó su extra grande traje rojo, y pronto los aldeanos se acostumbraron a su alta figura con la brillante túnica y pantalones rojos, la ajustada gorra de media adornada con piel y las brillantes botas y cinturón en piel negra. ¿Y que creen que pasó después de que Nicolás comió más avena, vegetales y leche, semana tras semana? ¡Sí! Su cara se redondeó y su pecho se rellenó hasta adquirir -susúrralo para que no te oiga- ¡una panza!